sábado 4 de julio de 2009

Gripe A, la pandemia: el aire que respiro

imagen ilustrativa del orígen y la transmisión


Además de la capa de ozono (veranos en la playa tan encremados, que apenas sentimos el calor del sol), un dengue dormido que se despertará en verano, el fantasma del sida que nos acompaña a la cama, y la sospecha de que cualquier alimento, o stress, nos pueden derivar directo en un cáncer, porque la medicina última generación nos enseñó, a fuerza de repetirlo, que los nervios son lo peor para la salud, y el marketing se encargó de decirnos que tomáramos Actimel para contrarrestar el mal vivir y aumentar nuestras defensas.

Además de ver cómo se borran uno a uno del mapa, los animales que creíamos inmortales; los que soñamos ver en viajes futuros, para tocarlos con las propias manos, pero que mientras tanto parecían vivos, porque aparecían en postales, en imágenes, retorciéndonos de ternura.

Además, de todo eso, y de otras cosas que se me escapan, ahora tengo que tener cuidado con el aire que respiro. (¿O era desde siempre, por la polución?) Tener cuidado con lo inevitable. No tengo que dejar convencerme por el sol, lo límpido del cielo, esa frescura. No. Mi aire puede estar contaminado por la Gripe A. Yo no diría, la pandemia de este siglo. Me atrevería a darle un tercero o cuarto lugar.

¿O acaso vamos a decir que vivir pensando en un preservativo que nos evite el SIDA, no es una pandemia que se nos instaló en la cama? En los más íntimo de nosotros. Y que todas las terapias alternativas o corrientes orientales –yoga, meditación, reiki, acupuntura y ¿qué más? –, no son más que un espejo para encandilar al stress. Para hacerle entender al cáncer, que no tiene lugar en nuestro cuerpo. Para que no somaticemos y explotemos en enfermedades que se nos van rápido o se quedan un tiempo para enseñarnos, pero que en definitiva, no eran más que la respuesta natural de nuestro cuerpo, a tanta presión diaria. Un dolor de estómago que nos partía, pero que se nos fue en unos días. Una migraña imparable, que no terminó siendo grave. Un análisis de sangre que salió alterado, pero se corrigió en el que viene.

Digamos la verdad. Se nos sumó un miedo más. A diferencia de los otros -que medianamente, podíamos controlar-, este es el miedo que más compartimos, porque nadie de nosotros puede elegir el aire que respira, concentrarse en no hablar demasiado cerca, o ponerse a adivinar quién está incubando, quién es portador, y mirar de reojo a cuanta persona se cruce.

La pregunta es: ¿Cómo llegó hasta lo más cerca de nosotros? Hasta la nariz, las manos, las cosas que tocamos. Hasta el otro: mi familia, mi pareja, mis hijos.

Seguramente, otras cosas no se evitaron. Otras medidas no se pusieron en práctica, responsablemente, como barreras protectoras, para que no llegue a la instancia más vulnerable, que somos nosotros. El cuerpo de nosotros, lo único que tenemos.

Los especialistas dicen (en realidad, el ex director del Instituto Malbran dice) que esto estaba anunciado por la OMS desde el 2004, y que no se trata únicamente de la gripe A, sino de una mezcla de varias cepas: la aviar, con la Influenza Humana, que absorbida por el cerdo, se convierte en la conocida (ver imagen). Todo un cóctel explosivo que ahora nos mantiene alerta detrás de las cifras de afectados, y de muertos.

Otros virólogos, también lo advirtieron, incluso desde tiempo antes.
Desde el 2004, pasaron cinco años para estar más cerca de la prevención que del punto cero. Más cerca de inventar una vacuna y no mandar a diseñar en tiempo récord a ese mini simulacro de defensa, que le haga creer a nuestro cuerpo, que está matando a un monstruo, pero en realidad, sólo le muerde el pie.

Las barreras protectoras más grandes, se cayeron como vallas: una vacuna, las políticas en salud, gobernantes a los cuales les importe más allá de sus intereses personales, la salud de su pueblo. Estados que puedan unirse para prevenir, inventar, y trasladar conocimientos, no ahora, entre felicitaciones, rosas y aplausos, sino antes del problema. Estados que puedan estrecharse la mano, para el bien común.

La visión es tan corta, que los mandatarios no se dan cuenta (o ya se dieron) que el aire que el pueblo respira, es el mismo que respiran ellos. Lamento el infortunio para los ministros argentinos afectados por esta nueva gripe (nueva, entre paréntesis), pero queda en evidencia el planteo.

Ahora, la barrera protectora que tenemos, y en la que podemos confiar, es nuestro cuerpo. En él depositamos la confianza de que haya hecho bien las cosas. Que haya generado defensas como corresponde, capaces de un mínimo esfuerzo; que tenga la edad para esquivar el mal, que pueda responder con lo sabio de la naturaleza. Eso, que tanto dicen.

Si nosotros nos convertimos en la barrera protectora, en la última, la rueda vuelve a girar, porque debemos consumir la solución a tanta indefensión. Si es para la gripe A: alcohol en gel, barbijos, Tamiflú. Y si es por la capa de ozono: protectores solares. Y si es por el dengue: repelente. Y si es para prevenir el Sida: preservativo. Y si es…

Si ya nos convertimos en el último escalón, y nos alcanzó la inseguridad, la vulnerabilidad, y el miedo, porque se nos acabaron todas las capas protectoras, perdimos tiempo (años). No aprendimos nada, y aunque hayamos ganado más (más poder político, más poder de capital, más liderazgo), perdimos la capacidad de organizarnos. De usar la oportunidad.

Perdimos la capacidad de cuidarnos antes. Eso nos predispone -inevitable, como el aire- a perder la comodidad de vivir naturalmente, a sentirnos menos tranquilos y sanos, más paranoicos y perseguidos. También eso: hay que estar serenos, no sea cosa de que nos bajen las defensas, y la porcina nos ataque desprevenidos.

Hay algo bueno, sin embargo, que todavía podemos aprender (aunque tengo mis serias dudas). Podemos aprender a ser solidarios con el otro. A saber cuidarnos mejor. A exigir que se cumplan nuestros derechos. A no olvidar, para no repetir. A pensar profundamente.

¿Seremos capaces de tanta madurez? ¿O seguiremos creciendo a la sombra de nuestros gobiernos, y de un sistema, que teniendo todo el “capital” del mundo, no se esmera en prevenirnos.

Y si fuera la otra versión que circula, sobre la productora de carne porcina norteamericana, que tiene hacinados a sus cerdos en condiciones tremendas de sanidad, culpables de este nuevo virus, eso vuelve a hablar de nosotros como sociedad. Al parecer, era tanta la demanda, que hubo que producir más cantidad de animales (producto), y como los humanos somos tan inteligentes, creamos jaulas a la medida justa de su cuerpo y pegamos un cerdo al lado del otro, tirando a los muertos en las cercanías (porque algunos se enfadan entre sí, al vivir en esas condiciones y terminan matando a su compañero de celda). En resumen, afectamos la total higiene del lugar, y generamos una intimidad tal con el animal (no afectuosa, por supuesto) que hicimos lío con los virus. Nos contagió el cerdo o nosotros a él. Algo pasó, y de seguro, no es bueno.

Esta pandemia, es también, síntoma de nosotros. Nosotros los argentinos, los mexicanos, los norteamericanos, los japoneses, los tailandeses, los uruguayos, los brasileros, y los rusos.

Nosotros.

Esta pandemia, antes de ser un problema (que lo es), es una pena.

-------------------------------------------

(Si quieren leer la historia de la productora de cerdos, Smithfield Foods, aquí está. Fue publicada en el diario Le Monde Diplomatique, http://www.eldiplo.org/ pero hay que registrarse. Les paso un link, donde la replicaron, y es la misma.

Click debajo:

http://lastresyuncuarto.wordpress.com/2009/06/04/ignacio-ramonetlos-culpables-de-la-gripe-porcina/

jueves 21 de mayo de 2009

Sonríe, te están filmando



No es lo mismo con mochila que sin. Con cartera que sin ella. Con bolsas de “recién compré”, que sin bolsas. No es lo mismo, aunque sean tus cosas, antes de entrar a ese lugar. Le damos nombre a ese lugar: supermercado, farmacia, local de ropa. Por ejemplo.

No es lo mismo, porque algo nos detiene. Como siempre, si algo pone frenos, es la conciencia. Aunque no hiciste nada todavía, no diste ni un solo paso, alguna advertencia te sopla en el oído izquierdo: ¿qué era lo que traías dentro de la mochila?

Pareciera que van a sonar las alarmas. Están por hacerlo. Todas esas espaldas blancas laterales que parecen dormidas, seguro gritarán cuando le saquen radiografía a tus pertenencias. Una mini aduana, digamos, que si se complica, te va a obligar a mostrar las tripas de tu mochila, o de la cartera para la dama, o del portafolio para el caballero.

Buchonas: a veces sólo gritan, porque la cajera –tonta, le pagan poco, trabaja mil horas, qué querés– se olvidó de quitarle el código de barras, bautismo capitalista que le ponen todas las empresa antes de enviar sus dulces productos al mundo. ¿No es una ternura?

Comprar algo en un bazar, en una farmacia, en una casa de ropas, es todo un proceso, un tratamiento, una preparación mental, porque hay que atravesar ese himen entre el sistema de seguridad y la calle, y eliminar la paranoia de que no somos portadores de bolsos que levanten sospechas (ni vamos a violar nada).

Por las dudas, no sea cosa, mejor no lleves un bolso vacío y huesudo. ¿Qué pensás cargar en él? Ojalá que no te gusten las grandes carteras. ¿Qué entraría en uno de los compartimentos? Ojalá que nada de eso, porque un mínimo espacio, equivale a un bolsillo gigante, al interior de campera que usaba la vieja delincuencia para llevarse lo que no le pertenece. Chorros, vos tu vieja...

Y si venís de la calle con todo eso, adentro te espera un locker. ¿Lo ves? Te está guiñando un ojo el número 15. El nuevo cuadradito rojo está diseñado para que con solo una moneda de 1$, puedas guardar tus cosas. Eso: tus cosas, lo que te quema en las manos apenas diste un paso, porque momentáneamente, son el vehículo del crimen. No sé quién, ni cómo ni cuándo, pero algo te hace pensarlo así. La mitad de tu cerebro está adiestrada como la mente de un delincuente. Podés lograr pensar sus trampas.

Momento: ¿moneda de 1$ para el locker? ¿Una moneda reluciente y nueva? Un dilema. El cambio no circula y las monedas de 1$ son las abeja reina entre las de diez y cinco centavos. Las favoritas de la familia, las que nos llevan sobre ruedas y sobre rieles hacia todos lados. ¿Para que se las lleve un cuadradito rojo? Ni lo sueñes. ¿O sí?

Supongamos que sí. Que no sos celoso de tus monedas, que tenés plena confianza en el funcionamiento del locker y hasta te sentís halagado de que las empresas piensen en un servicio para vos. Aunque ya te sientas liberado para comprar –nada de peso por aquí, nada que llame la atención, por allá- hay una sombra. Que te mira.

Te mira, supongamos, cuando probás el perfume de un desodorante contra su tapita. Cuando lees la etiqueta del shampoo para no dejarte seducir exclusivamente por el aroma. Cuando quitás ese vestido del perchero para verificar modelo y color, pero sobre todo, talle.
La sombra va a estar atenta. Se mueve, tiene cartelito plastificado con su nombre, trabaja para una compañía de seguridad.

A la sombra no le gusta que te muevas en direcciones raras (que cambies de pasillos con rapidez, por ejemplo).
No le gusta que te agaches para mirar el precio de un producto que está al pie de la góndola (ni te quedes allí, por mucho tiempo y de cuclillas).
No le gusta que lleves dos o tres productos en la manos y menos que sean cuatro contra tu pecho porque se te caen (es que no pensabas comprar tanto…)
A la sombra no le gusta que acumules prendas colgadas de tu brazo hasta entrar al probador.
No le gusta que te acerques demasiado y leas las etiquetas de las toallas femeninas, cosa de no equivocarte esta vez y llevarte las que no son.

Yo diría, que, para resumir: no le gusta que pasees, ni compares demasiado, ni te detengas a pensar. No le gustas vos. Y no creas que por preguntarle a tu ingreso “está bien entrar con este bolso?”, o confesarle que podría sonar la alarma porque cargás con cosas que tienen código de barras, la sombra va a dejar de mirarte o controlar tus movimientos. Perdonarte en tu soledad de consumo. No. Tiene un programa que es el mismo que el de las cámaras cuando te persiguen con sus ojos de chip. ¿Ya te viste en un cuadrante a todo color mientras pagás? ¿Saludaste? Las camaritas, esas chiquititas, las que están en los techos de tu comercio amigo, en pasillos de edificios, en ascensores. ¿Las ubicás?

Bien. Igual armate de paciencia, todavía te falta la última hazaña: pagar en caja y asegurarte de que atravesarás la línea roja, sin tachas, y te irás con tus cosas (tus “nuevas” cosas), como un Indiana Jones pero pacífico, como una diva de cine a la que nunca se le ocurriría semejante barbaridad.

Tranquilo y confiado todavía titila el 1% de tu incertidumbre: ¿y si suena? ¿Y si la buchona se despierta? Hasta último momento, tu buena moral está en juego. Te dan ganas de cerrar los ojos cuando das ese paso, porque el silencio se parece al del subte: en cualquier momento se cierran las puertas. Deadline, tiempo límite. Un mal movimiento y estás en la mirada de todos, alborotándote sobre vos mismo para explicar que pagaste hasta el último centavo, que acá tenés la boleta. Dando, en definitiva, justificativos sobre lo que hiciste bien.

Si nada de eso sucede –nada se agita, nada suena– se te aparece la sensación de haber recuperado tu buen nombre y apellido. Te vuelven al documento y hasta en un leve gesto infantil, te gustaría contestarle a la sombra: “¿ves que al final, yo no era lo que pensabas…Ves, ves, ves”.

Pasás ese cartel de Juárez. Ahora estás en riesgo, pero afuera, con otra sensación de asfixia, aunque menos controlada.
Sonreí, ya no te están filmando, ya nadie te vigila. Ahora podés volver a ser extrañamente libre.

viernes 30 de enero de 2009

Una cosa por vez



Tengo que concentrarme, me digo. Hacer foco sobre lo que me gusta. No dejarme tentar. Es en las tentaciones leves donde el tiempo se bifurca en un sinfín de actividades, que pareciendo importantes, porque pujan en nuestra cabeza sembrando culpa, no son más que lo diario, la rueda cotidiana, el automatismo de las cosas.
Tal vez ahora las cosas nos llamen. Nos pidan ser “resueltas”. Sé que insisto con el tema, pero negociemos: el tema insiste también conmigo y con todos.
Nos llama un mail. Un mensaje de texto. Algún mensaje en el muro del FaceBook. Una noticia del grupo que nos hicimos fan porque nos pareció divertido en un clic que ahora, no queremos que llegue, otra vez, insistentemente, en nuestra bandeja de entrada, ¿para informarnos qué?
Generamos motivos. Y ahora los motivos, nos demandan tiempo a nosotros.

Me gusta pensar en los casos más resistentes, los que secretamente admiraba por defender su silencio. Esos miles de amigos que hace un par de años, eran del club de fan “yo no uso celular”, los que no entendían –ni lo pretendían- mandar mensajes de texto o se mostraban exquisitos cuando sus celulares sonaban nerviosos.
Son los mismos que hoy, se alegran en cerrar trato diciendo “cualquier cosa, te mensajeo”.

No sé qué fue primero, si el huevo o la gallina. Porque teníamos la posibilidad de “perdernos” una llamada. De no haber escuchado el celular, porque lo habíamos dejado en casa, al fondo a la cartera, debajo de no sé qué carpeta. O simplemente porque no queríamos atender. Teníamos derecho a eso.
Con su primo hermano, el teléfono de línea, no pasó ni pasa algo muy distinto. La llamada en espera, hace que, cuando estemos ocupados, hablando, “verdaderamente” no lo estemos. La identificación de llamada permite que, cuando no estamos, el teléfono nos diga quién estuvo buscándonos. El contestador, el más antiguo de los inventos, nos deja titilando un mensaje cuando no estábamos o estábamos pero no queríamos atender o no podíamos.


Nos fuimos acostumbrando a ser ubicables, Pero no 100% encontrables. Lo que nos causó “alguna” satisfacción al principio por tanta eficiencia al recibir ese mensaje de la compañía anunciándonos qué número, qué día, a qué hora y con cuál ringtone –y sensación térmica-, bajo la leyenda “tiene una llamada perdida”, después nos causó algo de irritación. Tener una llamada perdida, implica que, con la seguridad de los datos, hay que devolverla. Quedaría en evidencia nuestra falta o canallada. Implica que, de un modo u otro, no se puede evitar saber quién llamó. Es imposible no estar, más tarde o más temprano, para alguien.
Es imposible la ausencia y el “no”. No quise. No puedo. No pude. No.

Es imposible estar solos. Sonaría lindo si fuera el lema de una nueva era de acuario, de solidaridad y comunión entre la especie. Sin embargo, “no” y tengo mis inclinaciones frente al terror de ese monstruo grande que para algunos significa la soledad. Es la señora soltera quien permite la introspección. Mirarnos en profundidad. Hacer foco. Ir hacia un solo lado, con concentración, sin ir hacia miles, inconclusamente.

Es el barullo que produce la hipercomunicación. Esas alarmitas que parpadean y se encienden para que las acariciemos con nuestra atención (lo sé, sigo insistiendo).

Hacer una sola cosa que tenga esencia, pienso. Una carta de amor, que no haya sido interrumpida por un mail entrante. Una decisión de vida, que no haya sido interrumpida por un mensaje de texto que llega. ¿Qué diferencia habrá "con" y "sin" tecnología?

Hace poco tuve que estar en el hospital por un tema familiar. El médico, intentaba explicarme la situación de su paciente –mi familia- mientras se disculpaba cada vez que le sonaba el celular y él atendía para contestar “después te llamo”, obligado por la pantallita que le indicaba quién lo estaba buscando, encontrando, haciendo ubicable. Tenía que retomar el tema. Había perdido el hilo.
Por los pasillos de ese edificio monstruoso y de alcanfor, una mujer pasó a mi lado en camilla guiada por un enfermero, y seguida por su hija detrás (30 y pico) con celular en mano, zigzagueando su paso por contestar un mensaje de texto.

Además de estar para otros, no estamos para los que están, acá, enfrente a nosotros. En el momento. Trato de elegir: Sostenerle la mano a tu madre mientras se pasea en camilla o avisar su estado mediante mensaje de texto. No lo entiendo. Me queda la sensación de que no se alcanza a la saciedad de las cosas. “Una cosa por vez”, siempre reza el dicho, que por algo lo debe decir y es más antiguo que la humedad.
Retomo: Un barullo aparentemente útil, que al final del día se transforma en una fatiga que no terminó de conseguir lo que quería en lo profundo.

Una sola imagen antes de cerrar el texto. Pienso en una mi abuela por ejemplo, despierta a las 8 de la mañana para dedicarse de lleno a la comida del mediodía, durante 3 horas hasta conseguir el sabor justo. Pienso en ella, con cierto disfrute. Ella sin ansias, sobre el momento, la cuchara, el humo de la cocina.

jueves 1 de enero de 2009

Una vida menos agitada



“Quiero ser feliz”, me dice mi amiga con el boleto –tarjeta- en mano para pasar la frontera que divide a los que viajan, de los que nos quedamos del otro lado, saludando con la mano.
Nosotras no hablamos de peluquería, de esmaltes de uñas, de zapatos a la moda. A lo mejor sí, dos minutos y para despuntar el vicio.
El resto es lo que nos preocupa y nos importa, y casi siempre nos sucede en “vidas paralelas”, como le gusta llamarlo a ella.


Somos treinta añeras, pulverizamos divanes. Somos grandes disfrutadotas de la vida y pese a nosotras, un poco quejosas. Pero sacando las quejas triviales, hoy teníamos una principal. La manera de disfrutar y saber estar en el momento, sin estar pensando en otra cosa. Sin la simultaneidad que supone sabernos deudoras de algo que no hicimos –todavía- y que debemos –deberíamos- hacer ya.


Le echamos la culpa a la hipercomunicación que acelera. Tanta máquina, msn, mensaje de texto. Tanto llamado que espera por una respuesta nuestra y no nos deja concentrarnos –con el corazón.
Hoy hablamos de esos temas. En otros tiempos de amistad –porque la conozco hace mucho, por suerte y para mi bien- nos preocupaba el futuro. Creo que hoy sabemos que el futuro es el presente que se construye. Por eso estamos preocupadas por el presente, el ahora. Este momento y lugar.
En otros tiempos, tirábamos el Iching. Nos deleitábamos con ese misterio, y las horas nos devoraban hasta el amanecer con mates gastados. Teníamos tiempo de pensar, no como una sucesión de pensamientos inconclusos. Llegábamos a profundidades que eran más interesantes que los designios chinos. Sabíamos frenar.


Hoy estamos apuradas con miles de asuntos por resolver, sabiendo que lo importante, cuando ella se sienta a mi sillón y yo le convido un cigarrillo robado, no lo estamos haciendo porque nos cuesta. No nos queda ni nos sobra tiempo. Porque hay otras cosas primero. Tenemos responsabilidades y obligaciones que nos hacen aceptar a regañadientes, que el encanto de la adolescencia, fue un momento que ya pasó.

Sin embargo, le damos la vuelta al asunto. Luchadoras como somos, buscamos juntas la fórmula para que la felicidad se quede, se instale como una memoria que seguramente recordaremos después, cuando estemos en el futuro.

Para compartir, porque nos hace bien.


Buscamos una vida menos agitada. Una rueda que no nos mastique las alas. La sensación de que una pequeña cosa, es suficiente para hacernos sonreír y sentirnos en paz.
No es que estemos tristes. No lo estamos. No lo somos. Nunca lo seremos. Estamos con un efecto aire, con un efecto líquido. Quisiéramos hacerle frente a eso que dicen, que después de una determinada edad ¿cuál? la vida se te escapa de las manos. Que se te pasa volando, porque una cosa y otra, cuando abrís los ojos estás en los 50.

Ella me dice que quiere vivir entre la naturaleza y lejos de pensarlo como una utopía, se lo creo y lo comparto. No hay lógica más lógica, que volver a la esencia.
Ella dice que la ciudad la mata, la marea, le hace mal y yo coopero en esa empatía.
Vamos buscando la salida. Nos damos aire juntas. Nos prestamos el cincel para moldear el deseo. Destrabamos la exigencia, el perfeccionismo, tanta presión del mundo que intenta hacer de nosotras mujeres perfectas que puedan cumplir con todo: super madres, super esposas, super novias, super profesionales, super sexys, interesantes y simpáticas. Mujeres así, que luego, no se sientan cansadas, ansiosas, enfermas, ni confundidas.


Buscamos en verdad que se cumpla lo que cada una quiere. La forma que cada una quiere, sin mirar atrás. Sin que importe tanto lo que se espera de nosotras. Nos inspiramos esa pasión y ese coraje. Abrimos scrabels, nos queremos con honestidad. Nos deshollinamos. Nos quedamos a carne viva frente al cariño de la otra. Nos recordamos quiénes somos, fuera de todo el juego.
Eso que se nos pierde, olvidamos, a veces y sin darnos cuenta, entre idas y venidas, revueltas entre tanta gente. Entre tanto mareo.

Nos devolvemos.

Tu amistad me inspira amiga. Gracias y te quiero.

domingo 28 de diciembre de 2008

El poder está en tus manos




¿La noche de los desesperados? Quien no caminaba, camina. Quien se estaba por morir, resucita gracias a una energía vital nunca vista. Un casting de angustiados, sacuden las pasarelas del Reino Universal del Reino de Dios. En un portugués-spanish, el predicador exige respuestas. Pide el antes y el después. El antes: el sufrimiento. El después, el milagro. Los fieles responden o se caen al suelo. Creer o reventar. Sugestión o interferencia divina. La rosa que cura o el aceite para untarse. No sé. Las imágenes editadas y de archivo, se parecen a los mensajes de la Policía Federal cuando quiere advertirnos pero a cambios nos horroriza con accidentes fatales. No sé cuál es la pregnancia del mensaje pero se agita, como se agitan las soluciones en los otros canales.



Zapping en mano, hay que descubrir en una pizarra o letrero, los apellidos de cuatro actrices famosas. La chica que nos invita, con escote y carisma -a veces con más escote que fluidez o con más cucaracha que poder de improvisación- nos invade con un “llamá”. Nos repite el número como si no tuviéramos lapicera en casa. Lo hace hasta el cansancio del espectador y de ella misma. En la pantalla, debajo de su escote, se animan los otros números. Pesos argentinos para llevarse a casa de un tirón. Hay que ser insistentes o trabarse en un laberinto de sms que parecieran no tener fin. Es la condición para empezar a jugar, y tocarle aunque sea de refilón, la patilla a San Martín, aunque la trampa puede ser fatal. El tablero es fácil pero hasta lograrlo o intentarlo, hay que soportar que baile en cámara y haga extensiva su actuación… “Actuación” es una manera de decir. Los acuñados de la tele, a eso lo llamaban "bache", y no “frescura o espontaneidad”, como se sugiere.


Ansiedad. Dos canales más adelante, locutoras en un español neutral, explican a un público latino -nosotros- las virtudes de un aparato maravilloso para cocinar que no produce olor, que no ensucia y que cocina en dos minutos, un pato a la naranja. Sin embargo, el manjar preparado, parece más salido de una juguetería, por lo eternamente plástico, que de la cocina de Dolly Irigoyen. Le falta algo. Puede ser que le falte ser comida.


Los allí presentes –mechemos entre ellos, una figura que fue de renombre, pero ya perdió su brillo- se acercan al fogón de este milagro para afirmar y reconfirmar tanta practicidad a un precio increíble. Si no nos dejamos convencer, es decir que vamos por más, en el canal vecino nos invitan a quitarnos, de una vez y para siempre, el fastidio que supone la celulitis. Un aparto para nada complejo, que parece más un utensilio de cocina que un adelanto de la ciencia, succiona las nalgas de una modelo sin cara. Es potente, o lo parece, es indoloro, o lo parece. La cuestión es que los testimonios, en tono vivaz, se encargan de marcar la diferencia. Es que ahora, con la potencia y sencillez de este lujo que cabe debajo de la cama o que sirve para llevar de viaje en la cartera, erradicaron definitivamente la grasa localizada. Están sorprendidos por el talle, posan en fotos de perfil y de frente. Es gente renovada y satisfecha, digna de ser enviada.



Mientras tanto, entre tanta y tanda, chicas ex realitys o nuevas casi vedette en vidriera, posan de perfil y de frente, pero de manera más sugestiva, para que con otro mensaje de texto, el televidente acalorado y solo, tenga en una pantallita de 4x4, una vista más directa, más cercana de su cuerpo, o reciba en lecciones virtuales todas las posiciones del kamasutra para ser un experto en el sexo. La variedad no escasea. El celular puede ser un aliado para ayudar a los malos besadores, a los frustrados poetas o humoristas, a los adictos a la música y los ringtones.


Hay de todo, como en Botica. El televisor, después de las 12, es el libro de autoayuda más explícito, el shopping abierto hasta altas horas y un Dios dispuesto a ayudar las 24.
Trasnochados, desempleados, insomnes, curiosos o búhos de la noche, se menean en esta oferta multicolor de problema-solución, con tan sólo discar el número mágico. Podría suponerse que el marketing de esta franja horaria, debe tener bien en claro quién está detrás de la pantalla. Quizás hasta se jacte en decir: “hemos encontrado un nicho de mercado, aquí están los potenciales consumidores”.

No sé. A lo mejor, conseguir realmente lo que se anhela, siempre es más tedioso. Nunca se sabe cuánto puede llegar a demorar o cuánto empeño de nosotros nos hará transpirar la camiseta. Es difícil en contrapartida con esta facilidad virtual. Fácil amar. Fácil hacer reír. Fácil conseguir una señal de Dios. Fácil tener un cuerpo saludable. Fácil reducir los tiempos. Fácil el sexo.
Cosas, objetos, respuestas. Maniqueísmo.
Control remoto desde la cama, desde el otro lado, donde la tentación tiene ganas de dar su mordisco de la suerte, aunque sea por única vez.
En soledad y sin que nadie lo descubra, el poder está en las manos. En las nuestras.

jueves 9 de octubre de 2008

Esto es tener suerte


El periodismo también tendría que decir esto. A veces lo dice.
Una sola imagen, es la que me asalta mientras estoy, ahora, lavando la ropa. La cara de mi madre, entre ese tumulto anónimo que supone el subte. Con sus XX años encima (no me permitiría decir la edad por coqueta), montada a ese vagón polimorfo de “autistas electrónicos” para acompañarme. “Es lo que hacen las madres”, pienso mientras intento mi disimulo casero para no llorar, y froto el jabón blanco sobre esa mancha que no sale. Acompañan. Están. Prestan su cuerpo incondicional. Se bancan cualquiera. Mi nerviosismo de estos días. Una palabra no muy feliz o tanta queja repetida. Ella escucha lo que quiero alcanzar: un lugar en el mundo al cual no me de pereza ni rabia llegar, sino todo lo contrario: alegría. “Tengo que trabajar”, es la frase que repito hace meses. “No llego, no tengo tiempo”, “la plata”. Todas esas cosas que se vuelven importantes. Que te arrastran porque pareciera que llegás a ese lugar.

Ella me ve ir. Correr a veces. Intentarlo, miles. Y también me acompaña. Con la palabra y la paciencia. Eso que siendo madre, únicamente sale. No sé si yo tengo tanta tolerancia. Probablemente, no.
Entonces aparece esa imagen, la del subte, la de una mujer que es mi madre de años, apelmazada por la gente. O la otra: la voluntad para cocinarme mientras a mí se me fríe la cabeza en una computadora, por un precio que es más alto del que pasé. O la palabra justa: yo te tengo fe.
Fe. Yo creo que con esas palabras, nosotros, las hijas e hijos, vamos como si fuera posible. Pensamos que si alguien cree que es verdad, entonces es cierto. Aunque fuera mentira y aunque el reto sea inalcanzable.

No sé si el periodismo tendría que decir esto. Tal vez la literatura. O alguien que tenga ganas y emoción como yo. Ganas de compartir. De decir algo, que encuadre en el género que al lector más le guste o en la madre que mejor se le parezca.

Estoy sentada a mi máquina, escribiendo esto, sabiendo que ella lo leerá. Lloro de pensarlo, pero me animo para decir lo que sigue. Este tiempo para detenerme y dejar de correr. Por fin dejar de correr, gracias a esa imagen. Esas miles que dejan de ponderar como importantísimo y vital, lo que no lo es tanto.
Me aparece esa pausa. Adormezco lo superficial con este éter de emoción. Siento que puedo descansar en esas imágenes de afecto, cariño, amor incondicional. Lo que me construye y me nutre. Y me da fuerzas para ir, después, hacia mí misma, hacia mis cosas, tantas veces como esté cansada, pero con un resto de espíritu y posibilidad. Porque acaso la lucha no termina nunca y quizás dure toda la vida, mientras el deseo siempre parece resbalarse hacia adelante. Una ilusión, pienso. Como si fuera un espejismo. Un salto al vacío sin garantías. Tanto aire, que apoyarse, sienta bien.

Me apoyo.

El tambor sacude la ropa y detrás se agita una sangría flamenca que se mezcla con ruidos mecánicos mientras yo respiro algo más real y siento que a ese lugar de abrazos, tendría que ir más seguido.
"Esto es tener suerte", pienso, poniendo un punto ficticio y final a este relato. Revelando para mí misma, el sentido de las cosas. La vida misma.

lunes 8 de septiembre de 2008

La maquinaria


Creo que envejecí. Me comí las uñas. No sé muy bien cómo combiné la ropa en este tiempo.
Mi casa es una suerte de Imperio del caos. Si antes era una obsesiva, ahora descubrí que también puedo NO serlo.
Comida de delivery. Descansé como Neustad. Momento imposible para dejar de fumar.
Cancelé todo: citas, cumpleaños, clases, visitas y llamadas postergadas. A cambio me aprendí de memoria la vista desde mi living hacia el edificio de enfrente.
Corrí, pero tampoco llegué como quería. En el camino, se me rompió algo. Se me abrió algo. Algo se quemó.
El trabajo dignifica pero también esclaviza. El dinero nos promete riqueza. Esa misma que después usamos para unas vacaciones que nos devuelvan lo que nos quitó el trabajo (ridículo).
“El sistema perverso” es lo que se me viene a la cabeza estos días… o su equivalente: Trampas atractivas sistematizadas.
“Empresa”, esa palabra también se me viene a la mente. “Consumo, consumir, consumida”.
Una zanahoria en forma de billete que después el gobierno -seguro- convierte en cabalaza. O se la queda, no la devuelve. Esa paranoia también cuenta.
Rueda sin fin. “Senderos que se bifurcan”. Y se bifurcan.
¿Qué aprendí? Las limitaciones del tiempo, el cuerpo y el espíritu. Contra eso, no se puede. Al cuerpo le duele silenciosamente, nos pone la tranquera. Nosotros sabemos que en algún momento, se viene la última, pero en el trayecto, la obviamos.

En esta selva, somos varios con la cabeza en la boca del león. Unos por más, otros por menos. Todos sin tiempo, sin placer por lo que se hace y presionados. ¿No era que habíamos hecho lo posible –y lo imposible- por hacer lo que nos gustaba? La maquinaria nos enferma y hace que no nos guste. Nos invierte las ecuaciones.
¿Cuánto lo justifica? ¿Cuánto es “más” y cuánto es “menos”? Combinaciones: Más dinero, menos salud. Más dinero, menos tiempo. Más tiempo para más trabajo.
Aún hipercomunicados, telefonizados, internetizados, no podemos reducir el tiempo. El tiempo humano, el real de segundos y “horas sueño”, no el mental. El tiempo de estar con los que queremos.

El que está del otro lado, siempre pide más. No “más de nosotros”, “más para él”.
De nosotros, quiere, lo que quiere para él.
Recursos humanos, demodé.

Adentro, personas regulando sus emociones. Que la razón y la lógica imperen, que el mundo no acepta débiles ni flojos, cansados o confundidos. Y menos que menos, sensibles. Paso firme y adelante, como un escuadrón de soldados que escriben sus cartas pero las tiran, para que no se note.
Seguir. Lo importante es no detenerse. A lo mejor y en una de esas, zancadas más largas le pisan la cola al tiempo. Y nosotros llegamos al lugar que nos dijeron, que puede ser muy distinto al que queríamos. Ni qué hablar: al que soñábamos.
Desde chica siempre pensé que las matemáticas, no se llevan bien con el corazón. Eso volví a aprenderlo.

jueves 24 de julio de 2008

Haceme caso

Cualquier cepillo de dientes es anticuado, comparado con el nuevo que ayuda a las encías, a los dientes de atrás, a la lengua, y que dentro de poco, va a venir preparado para hacernos masajes en la espalda.
Un día, el televisor que nos daba calidad de imagen y tenía la medida justa para ese rincón de la casa, de golpe empieza a fallar. No, no es que falla. Tiene una imagen más angosta, como la pantalla de un cine, con esa forma, pero en 19 pulgadas. Tocamos el control remoto; aparato perfecto para seguir en la misma posición horizontal y no hacer caso a la lección “el cuerpo va perdiendo flexibilidad si no se lo ejercita”. Consejos por nuestro bien, que se repiten constantemente en toda la tanda light publicitaria.
Aprendimos que ingresando al “menú” –luego de años deformando la imagen–encontramos la llave para que Brad Pit siga siendo rubio natural y Angelina Jolie tan alta como en la realidad. ¿Hay que ampliar o extender? ¿Cuál de todas las opciones estira la imagen hacia arriba y hacia abajo? Ninguna. Cierto. Eso nos pasa por alquilar películas piratas y pagarle el recargo por retraso al señor del video. No se lo merece. No. Tampoco es eso. Resulta que ahora –aprendimos luego de charlas con nuestros conocidos, en comentarios al pasar que no nos humillen– las películas vienen preparadas para plasma. Plasma. Eso que se agita en las vidrieras de esa grandes firmas de electrodomésticos y parece tan definido… un pasaje al futuro mucho más proge de que lo que hubiera imaginado el director de Back to the future. No quisiéramos, pero se nos cae la baba. Allí está el portal que nos dará acceso a la nueva dimensión, y que nuestra pared –ya no nuestro rincón– está deseosa de conocer. Los ojos se engolosinan con este nuevo chiche y silenciosamente, al llegar a casa, empezamos a despreciar a nuestro señor televisor. Desearíamos que empiece a fallar. Un mínimo error lo sepultaría en el pasado. El pobre, inocente de todo, libre de culpa, comienza con el tropezón. Los subtítulos a veces no encajan, la temperatura y la hora de los noticieros, se caen del marco, y los colores brillantes, no tienen "tanta" vida. Parece enfermo. Ya no es el mismo. Dan ganas de usarlo como una radio. Escucharlo, nada más. Que haga lo suyo y lo que esté a su alcance, mientras no nos agarre el ataque de tentarnos con su primo hermano evolucionado. Y que no se haga el “víctima”, porque nuestro celular corre la misma suerte. Está al borde. Sí, parecía que era un buen aparato, que nos daba lo que necesitábamos, pero no. Porque llama, sí. Pero le falta el doctorado en fotografía, el master en video y, ni que hablar, una maestría en conectarse en cualquier lado con wi fi.
Un celular amigable, pero que enseguida se atora cuando en la bandeja de salida, tiene 20 mensajes de texto. Antes era distinto. Le poníamos la funda. No queríamos que se rayara. Ahora lo tiramos al final del bolso, junto al MP3, que para cambiar de canción, hay que ayudarlo, y que en definitiva nos aburre, porque carga dos CD como mucho, y nos obliga a aprendernos todas las canciones aunque estén en ruso. Así que pasamos. Y pasamos a la siguiente. En verdad nos gusta una sola, que casi siempre está al final –bajo un orden que no logramos comprender del todo, todavía– así que a veces, directamente no lo encendemos. Porque para escuchar lo mismo y con tan poca variedad, no vale la pena. Es un peso más en la cartera. Un bolsillo más que se deforma. Y el cuello después pide auxilio. Como lo pide con nuestra computadora. ¿No es enorme? Cuando la compramos, parecía tan chatita... Estábamos contentos de colocarla sobre nuestra falda y pasearla por todos lados como una mascota inteligente. No sé cómo, pero ahora no tiene el glamour de las nuevas, más chiquitas; algunas tan chiquitas que no sabemos qué anteojos vamos a usar para leer las letras. Miralas: son preciosas y están exhibidas en una suerte de vitrina de acrílico, una que nos hace acordar a la misma que acunaba la criptonita malvada que hacía sufrir a Superman. O no. Mejor, a esas joyas que vimos pasar en las películas de suspenso, en la bodega de un banco, inalcanzables inclusive para los ladrones más expertos y los rayos láser más precisos.
Si esos delincuentes tuvieran las zapatillas de ahora, cometerían el robo del siglo sin error. Una amortiguación perfecta gracias a esa “burbujas” de aire. Una tela ideal para no transpirar ni dejar huella. Una arquitectura en los pies con refuerzos ahí donde más lo necesitamos; un modelo para correr profesionalmente, y otro con idéntica calidad e ingeniería para pasear por los bosques de Palermo con 60 kilos de sobrepeso.
Ah, sí. La estética es otro tema. Ya miramos de reojo la crema nutritiva para el rostro. ¿Borra las arrugas? Esta cosa no borra nada, porque no tiene Q10, la encima natural de la piel, pero recreada artificialmente en laboratorios gigantes. Un día de estos, a la nutritiva ya va a ver la vamos a pasar a otro plano. Va a ir a parar a la cocina, para darnos ese toquecito después de lavar los platos. Aunque… pensándolo bien, lo primero que va a ir a parar debajo de la mesada, de repuesto, es el detergente. Podrá ser de buena marca, pero no tiene colágeno para las manos, no es un detergente última generación. Quizás sería buena idea matar dos pájaros de un tiro. Tirar la crema nutritiva para el rostro y comprarnos el detergente que te deja las manos “una seda”. ¿Qué tal? Hey, el rostro sigue siendo una deuda pendiente. Hay que encontrar “justo” la crema que sea para nuestro tipo de piel. ¿Normal tirando a grasa? ¿Mixta tirando a seca? ¿Ultra seca? ¿Sensible o alérgica? ¿Para las primeras o las últimas arrugas? ¿Y las del medio? ¿Para el día o para la noche? No hay que olvidarse de los párpados. Es otra zona. No debería confundirse ni mezclarse. Tampoco hay que olvidar la piel del cuerpo. O la piel –¿redescubierta ?– de las axilas y del cuero cabelludo. Eso también es piel, ¿no te das cuenta? Es como la piel de los pies. Los pies también necesitan de una crema.
Claro, ya vas a entendiendo. Para cada sección del cuerpo, hay algo. La boca, por ejemplo. ¿Te acordás del cepillo de dientes? Bueno, eso está bien, pero no es suficiente. Para mantener los dientes blancos, hay una pasta especial. Para los dientes sensibles, hay otra. Tenés que pensarlo bien. ¿Qué boca tenés? No importa, mejor, eso pensalo después, lo importante es el líquido para la placa y el hilo dental. Si no tenés esas dos cosas imprescindibles, por más que te cepilles y cepilles hasta desangrar sobre la bacha, no lograrás una verdadera “higiene bucal”. Con tus hijos es distinto. El cepillado tiene que ser algo divertido. Como los pañales. Es importante que sepas, que para cada etapa, hay un pañal. Y para las madres que están molidas, luego de trabajar jornadas enteras, hay unos que duran toda la noche. Es como si les dieras somníferos con unos simpatiquísimos Winie The Pooh. El dulce osito te asegura impecables horas de sueño. Tus hijos no se despiertan, vos no te levantás. Pero si te levantás y todavía estás cansada, recordá que tenés soluciones fantásticas para recuperar la energía. Pócimas mágicas con gusto a yogur, que luego de 14 días, desafían al cansancio de un año entero. Si ya pasaste esa etapa, tenés unos yogures bárbaros para que tus huesos no se rompan en mil pedazos. Son sorprendentes. Te vas a convertir en esas abuelas que levantan a sus nietos y saltan en el aire y, casi casi, no es por exagerar, pero yo diría que se sienten como Nadia Comaneci en lo mejor de su carrera.
Ahora bien, un día, también, te podés ir a una plaza, un rato nomás, tratando de esquivar las vidrieras, olvidándote del celular, del plasma, y de las ganas de pegarle a tu televisor. Podés pasar un rato al sol, que no te vas a arrugar como una hoja. Podés tocarle la cabeza a un perro, y prescindir del líquido antibacterial, que la mano no se te va a caer de gangrena. Podés llevar a tus hijos para que corran un poco, que si no se lavan los dientes por un rato, no les va a pasar nada.
Y a lo mejor, si te sentís un poco cansada, podés respirar hondo, hasta que sientas que lo único que necesitás es un rato con vos misma, con vos mismo, y con los que querés.
Un día podés desconectarte y sentir que tenés lo suficiente. Lo importante. Vas a ver que de a poquito, todo te va a parecer una fantasía. Una fábula de ciencia ficción, mirada con un poco más de distancia.

PD: si no podés ver bien esta crónica, cambiate de sistema operativo. Hay uno nuevo y mejor. Mucho mejor del que tenés. Haceme caso. Agasajajajate.

domingo 20 de julio de 2008

No fue mi intención


¿Qué es lo que permite la convivencia entre los desconocidos?, me pregunto. Antes de respondérmela pienso –repienso- qué es la convivencia, remitida a este plano, o vuelvo a mirarle el significado. Contexto: no estamos bajo un mismo techo, no vivimos en la misma casa, no compartimos el baño, pero estamos en la calle. Calle como espacio público. Y público somos todos, aunque hagamos una cuadra hasta el quiosco y volvamos amedrentados por el frío.
Los que formamos al público, somos desconocidos. Rara vez alguien se acuerda de la cara de esa otra persona que viaja en el subte, de esa que cruza la calle, que nos da un vuelto, que nos cobra en una caja, que nos conduce hasta una mesa en un bar.
Nada sabemos de la vida de esa persona. No sabemos cómo le gustaría que le hablemos, qué decirle que esté en la frecuencia de su “modo”, o qué cara le parecerá la acertada al momento de dirigirnos. Distinto a un familiar, nuestra pareja o un amigo, al cual le conocemos las manías, sus momentos, los temas que podrían provocarlo y el tono de voz para ayudarlo, decirle algo con libertad sin herirlo, para convencerlo, hacerlo reflexionar, demostrarle afecto o lo que fuera.
Pero un desconocido viene con una historia que no conocemos. Un pasado que lo puede atormentar o apenas, un mal día que no nos informa. No sabemos.

El señor o la señora desconocidos, tienen inclusive distintos valores que los nuestros. Otra historia familiar que contar, otro dinero mensual, otros fracasos acumulados y otros éxitos, otra casa distinta a la nuestra donde vive distinto a nosotros. Tiene otros rituales. Se levanta a otra hora. Desayuna otra cosa. Tiene otras fotos en su álbum. Pero por sobre todo, ve distinto a nosotros. Y a nosotros, tampoco nos conoce. No sabe hacia dónde estamos yendo, de dónde venimos, con qué cargamos, ni qué música escuchamos en el mp3, por más que sepa que escuchamos música.
Vale decir, que en la calle, dos se encuentran, se topan, tienen un mínimo intercambio, y desconocen todas estas cuestiones.
¿Qué sería entonces lo que permite que haya un mínimo acuerdo, en la forma de tratarnos? Algo que no haga estallar la vida privada de cada uno –salvo que haya marcada empatía-.

Hay un momento donde las rayas se cruzan. Yo te compro y vos me das. Yo te pido y vos me contestás. Yo te pregunto, vos me preguntás. Vos te caés, yo ta ayudo. Yo te pregunto si esta es la cola del 59, si este subte me deja en tal calle. Hay un mínimo diálogo. Una intersección donde las vidas se conectan, se necesitan. ¿Nos vamos a volver a ver? Seguramente no. Pero tenemos que convivir en ese momento. Y convivir es tener un mínimo acuerdo, porque estamos bajo la calle, que es el techo de una casa enorme. El acuerdo no significa que estés de acuerdo –valga la redundancia- con todo lo que pienso, siento y digo. Sino hacer amable –cordial- ese momento.

No pasa. O pasa cada vez menos. A menudo el otro, ese desconocido, estalla con su emoción. Nos contesta mal. No nos dice por favor. Se olvida del gracias, y a veces, hasta de saludarnos, si la situación lo requiere. Parece un loco.
No es necesario que nos quiera. Nosotros tampoco lo queremos. Tampoco es necesario que derroche simpatía con nosotros. Pero alcanzaría con que nos trate bien. Tratar bien, sería darnos un trato suficiente. Un trato acordado por todos. Eso tácito y social, que se va desdibujando y que cada vez parece más común. A cambio, recibimos la emoción negativa de otra persona, su defensa, o su irritabilidad.
Muchos nos sorprendemos. Porque, “no fue mi intención”, pasarte tan cerca con la cartera, y a cambio vos pensaste lo contrario y te dirigiste ofensivamente (habrás pensado que lo tenía todo calculado para darte justo en el estómago?) Porque sólo te hice una pregunta sencilla, y te alteraste cómo si te hubiera exigido que me digas cómo va la Bolsa de Tokio.

Unos se sorprenden. Otros devuelven. Reaccionar siempre es fácil. Es lo más fácil y a la mano. Y todo se va volviendo una suerte de erupción colectiva, donde “por las dudas”, aunque no seas el atacante, ni tengas “la intención” de hacerlo, te contesto mal. Paso la frontera del trato suficiente –dicho de otro modo, me olvido de los códigos de convivencia- y te doy mi emoción. La que está impregnada del desconocido anterior, y del anterior, y del anterior. Y del siguiente. Y de la mía.

Nos emulamos. Nos volvemos más paranoicos. Nos alteramos la paz, si la teníamos, o empeoramos la que no llegaba.
En la superficie, el accionar se demuestra así. Si se pensara aún más en profundidad, habría que hablar de las necesidades no cubiertas, de las prometidas y no cubiertas, de las pocas posibilidades, de una disconformidad individual que se traduce a un malestar general. Argentina nunca fue fácil….
Estamos irritados. Todo cuesta mucho. Y en la falta de muchas cosas -proyectos personales que no ven la luz, a la escala del desconocido que sea- también se ve la reacción. Reacciones desconocidas por desconocidos y recibidas por otros desconocidos, que nos hacen conocer en un mínimo intercambio, parte del “otro”. De esa otra vida. Aunque no la sepamos con exactitud. Aunque no la hayamos visto tan de cerca. Y de seguro, no sea la mejor parte.

jueves 17 de julio de 2008

Ley de Retenciones: la libertad de elegir

Siempre existe una posibilidad, aunque sea remota. Si sorprende, es porque no se la esperaba, aunque sí consideraba.
La posibilidad no se perdió. Se usó. No importa si a favor o en contra de un partido. Esa sería no sólo otra lectura, sino una posibilidad que responde a encerronas. A posturas más rígidas por defender un lineamiento antes que a una provincia, responde a una presión de por medio o a lo que todo el mundo espera que uno haga.
No es tarea fácil salirse de ese entuerto. A menudo la capacidad de elegir se ve opacada –cuando no ahogada- por la presión, la conveniencia, la imagen y las consecuencias de hacerla factible.
La vieja frase “la libertad tiene su precio”, tiene en cuenta estas cuestiones. Carga con la responsabilidad que implica un acto de valentía. Porque siempre es más fácil respaldarse en otras fuerzas, compartir la decisión, las culpas y los errores.
El que tiene peso por lo que hace, siempre nos convida un cigarrillo, nos sirve más en la copa. Nos tienta.
Elegir libremente es saber saltear aquello que opaca lo que se sostiene como legítimo. Legítimo es siempre accionar en base a las propias convicciones. Pero, como en todo, la libertad tiene reglas. Si se usa mal, como la posibilidad, se la pervierte. Si no se tiene en cuenta al otro, la libertad es un acto de egoísmo, capricho, vanidad.
En este caso histórico argentino, hubo una persona –al menos, la más sobresaliente- que tuvo en cuenta al pueblo, y sus convicciones se ligaron, se asociaron, a escucharlo y a entender lo que pide.
Representar es llevar adelante la voluntad de un país. Y casi siempre –salvo las locuras de algún líder que convenció y condujo a miles de personas a la guerra, mal usando la libertad y la de otros- la mayoría tiene razón.

La sensación de que alguien se haya detenido a escuchar lo que pide el pueblo y a su “propio corazón”, en boca de Cobos –dan ganas de creerlo así- promete una esperanza, que en las crisis, siempre está lejos, y en vez de verse como fe y proyección hacia adelante, parece un acto de audacia, cuando no de “trasgresión”.

La moraleja que se inscribe, tiene algo que sellar y enseñar. La democracia llevada a la práctica “real”, tiene más beneficios, que rendirse sin haberlo intentado. No es que tenga resultados, ganadores o perdedores. Tiene beneficios. Abre una posibilidad. Abrir las posibilidades, hace a los temas más complejos, más entreverados a veces, pero en contrapartida, los enuncia, los postula para un debate, para la participación y elección.

La insistencia por lo que se considera equitativo, por el derecho a defender lo propio, sea del bando que sea, aunque exista un solo bando que somos todos, también abre una posibilidad. O la reivindica, porque abre la voz, la opinión, y no las castiga, pese a que las critique a ultranza.

La tolerancia por las diferencias, enaltece la práctica democrática, por más que la tendencia sea siempre a “tener la razón” y no entender –ni aceptar- la lógica ajena (en ocasiones el otro parece un ser extraño, que fue “mal” criado y pretende apretar distinto a nosotros la pasta de dientes, sin nuestro consentimiento. ¿Cómo se le ocurre?).

Diputados, senadores, vicepresidente, el pueblo y el mismísimo gobierno, jugaron a esa posibilidad. Se verá, cómo se sostenga a partir de ahora cada una de las palabras, y cómo no se contradigan mediante cada una de las acciones y reacciones.

Seguramente, mañana sabremos a qué se llegó. El tiempo dirá, dice el dicho popular, si fue al revés de lo dicho. Si el último voto fue por conveniencia, estrategia o propia y legítima convicción. “La historia juzgará”, como dice el mandatario.
Equivocada o no, tratando de entender de golpe la materia economía, y viéndome tentada a dudar por las opiniones de otros que recalcan exactamente lo opuesto a mí, yo todavía espero un país mejor. En eso, más negativos, más positivos, más sabedores, más escépticos, más o menos partidistas, todos nos parecemos un poco. Hasta parecemos todos argentinos. Todos del mismo país.

domingo 13 de julio de 2008

Allá y acá


Hora: 1 de la mañana. Pienso en mis amigos de España. Llegaron hace unos días. Me dijeron que está todo carísimo en este país y que no hay relación con los precios. No sé si estaban contentos de estar allá, de haber venido acá de visita, de encontrarse con afectos que archivan hasta que el avión vuelva a partir. Me quieren siempre, no hay dudas, pero ¿se les aviva "un cachito más" el cariño cuando me ven? Qué tan difícil puede ser querer a la distancia...
En todas las fotos que me mostraron, aparecen otras personas que yo las conocí acá, pero se fueron a sus pagos (ahora "sus" pagos). Me explican todos los vocablos que se confunden en la charla con significados bien opuestos: "Correr en España, es otra cosa", comentan y se ríen.
Uno de ellos, está cansado, dice. Trabaja hasta las 11 de la noche, resuelve la mitad de las cosas de un banco. Lo ascendieron a "gerente", pero el sueldo no varió en proporción, aunque lo merezca con un sábado sentado en su máquina. Dice que tiene ganas de un trabajo cualquiera, con tal de tener algo de vida. Tiempo, eso dice... Está sobrecalificado, es detallista hasta la obsesión y tiene una capacidad tremenda de trabajo.
Mi amiga, lo sigue. No quiere horas extras de trabajo. No le importa tener quilos de más, porque allá, la cosa pasa por otro lado. No me acuerdo si me lo dijo esta vez o hace dos años. Se acaba de casar, y está pagando una casa que piensa saldar a los 70 años. Se la ve tranquila, aunque me pregunto porqué canta cada vez menos, si lo que quiere (o quería), es cantar cada vez más, desde que la conozco y nos hace llorar a conocidos y desconocidos con su "Balada para un loco".

Las conversaciones son distintas tanto como los países, pero todos –diferentes generaciones que se reparten entre mi madre, la de ellos y nosotros los de 30 y pico- acordamos en hablar de la política argentina, del mundo globalizado, de la calidad de vida dicha en términos comunes y vividos, no marketineros. Se habla de plata. De hacer plata. De tener plata. De ganar plata. Se habla de dinero. De hacer lo que uno quiere, puede, ama. Al instante, indefectiblemente, traemos a nuestros ancestros a la mesa. Nuestros abuelos. La guerra y ellos. Los inmigrantes. Las posibilidades que había antes y las que hay ahora. Surgen las comparaciones, porque a la actualidad siempre le gusta mirarse en el espejo del pasado y contarse las canas. Observar las diferencias.

Mis amigos de España, se vuelven. Escala en Valencia y Madrid. La lucha fructífera por los papeles, de alguna manera los obliga. La manera de vivir de allá, también. Es otra cosa. Allá hay seguridad. Allá todo es más tranquilo. La gente es más respetuosa. Las calles no están sucias.
Su madre, una tía postiza que vale más que una de sangre, se va detrás de ellos. No aguanta vivir sin sus hijos. Tiene pensado vender el departamento, y ya vendió el auto, porque llegar sola a la noche, esperar a que se abra la puerta del garage, y estar vigilando que nada le suceda, es más caro que pagar un taxi que la deje en la puerta de casa, sana y salva. Tiene razón.

Nos saludamos. Nos abrazamos. Nos queremos mucho. Se me van dos. Vuelven otros. Son como las líneas rotativas. Nunca se sabe. La Argentina es siempre encantadora y expulsiva. Una bulímica de clase. Una anoréxica que se olvida de que es linda. Una adicta a sí misma. Una madre precoz, que nos educa con límites contradictorios, con dobles discursos, sin demasiada experiencia, pero nos da un beso, cada vez que vuelve de bailar y hacer su vida.

Nos despedimos. Tuvimos “algo de tiempo” para vernos. Las épocas son distintas. Como que se vive a un ritmo más acelerado, acá y allá. En una tarde entera nos atiborramos de información, de Euros, pesos, dólares, consorcios, residencias. Cambiamos figuritas. Ellos con su álbum. Yo con el mío.

El próximo encuentro, recién puede llegar a revelarse dentro de una semana. Pero hay que confirmar antes, pegar una llamada, hablarse por chat. Un mail, aunque sea. Un mensaje de texto. Estamos comunicados. Nos estamos viendo. Si no es el miércoles, te llamo el jueves. Si no es el viernes a la noche, nos juntamos por la tarde. Algún momento habrá, no te preocupes.